El Taller del Alfiler

Archive for the ‘No me digas que lo has hecho tú’ Category

Hace unos meses nació un sobrinito. Elegir colores para recién nacidos siempre me ha costado mucho, no me gusta recurrir al típico azul o rosa, además quería darle un toque moderno, pero sólo un toque.

Creo que lo conseguí con esta tela beige de topos verde fluorescente, que acompañé con un osito a tono de ganchillo:

WP_20140423_002WP_20140423_003

Era tarde ya cuando por fin la encontraron. El frío se colaba sin piedad por el borde de las mangas del abrigo. Una delgada línea de piel aparecía expuesta justo antes de que empezaran los guantes.

Tenía que haberme puesto el abrigo de mi padre, pensaba mientras buscaba la navaja en el bolsillo.

clip_image001

Mientras Luca levantaba con cuidado un pedacito de musgo, Jan desprendía la delicada seta de la corteza del árbol, justo a ras de suelo.

clip_image001[5]

Las orejas eran las setas más preciadas desde que un montañero perdido las había encontrado por casualidad mientras intentaba sobrevivir en el bosque invernal. Sus propiedades nutricionales y su excepcional sabor y textura habían desbancado del trono a las trufas de forma fulminante. Crecían en los meses más duros del invierno, en los bosques más fríos del planeta, bajo el musgo helado sobre los árboles.

clip_image001[7]clip_image001[9]

Había muchos tipos de orejas y, curiosamente, cada tipo estaba asociado a una especie arbórea en particular. Las orejas de bebé aparecían siempre en pinos, las orejas de anciano en píceas , las de perro labrador en abetos blancos…

Sin embargo, las orejas de cristal no eran un tipo de oreja concreto, eran cualquiera de estas extrañas setas en el momento justo en que se abría para esparcir sus esporas. En ese preciso momento, las orejas se volvían transparentes, como de cristal. En ese estado translúcido sólo permanecían un día y era cuando su sabor alcanzaba todo su esplendor.

Jan y Luca sobrevivían todo el año gracias a la recolección de las orejas en invierno. Encontrar una oreja de cristal les provocaba sentimientos encontrados: era un boleto de lotería premiado pero, ¿serían capaces de llegar a tiempo para cobrarlo? Su extrema fragilidad convertía su transporte en un verdadero dolor de cabeza. Y no había que olvidarse de los merodeadores. En el bosque es difícil encontrarse con ellos, pero en cuanto llegaran al poblado, muchas serían las personas que querrían apropiarse de la seta.

Por eso los dos hermanos se habían pasado todo el año buscando el método de entregar la mercancía de forma rápida y fiable. Habían hablado con técnicos especialistas en conservación de alimentos y con cocineros de todo el mundo. Habían aprendido mucho y habían llegado a acuerdos. Nada más cortar la seta mandaron su foto, peso y estado a una red que compartían los mejores restaurantes del mundo. El primero que contestara se quedaba con la oreja. El precio se fijaba por peso y estado en otoño, según preveían su demanda los distintos restauradores. Así, la seta tenía dueño en aproximadamente 20 minutos, y entonces Jan y Luca recibían un mensaje con la dirección a la que enviarla y el método de precocción elegido por el chef que la había comprado, junto con una transferencia monetaria de un tercio del valor acordado. Al llegar la mercancía a su destino se les abonaría el resto del dinero.

Esta vez tendrían que introducir la seta en nitrógeno durante 3 minutos y medio. Sacaron rápidamente el equipo de la mochila y se dispusieron a terminar la jornada de la mejor forma posible.

clip_image001[11]

-¡Venga, tírate ya!

-Pero es que está muy fría.

-No lo pienses, si lo haces jamás te atreverás.

Llevaba razón, la única posibilidad era no pensarlo, no pensar en nada y coger carrerilla. ¡¡¡¡Choffff!!!" ¡Lo conseguí! Me he lanzado, me he lanzado", pensaba, mientras recibía el abrazo del agua fría y dejaba de sentir las puntas de los dedos.

-¡Muévete, no te quedes quieta!

Asentí, lo peor era quedarse quieta. Comencé a nadar, al lado del borde. Hacía tanto que no nadaba que no sabía si acabaría el largo. Relájate, despacio, olvídate del frío.

A medio largo por fin entré en calor. Es el mejor momento. Todavía no estás agotado y empiezas a observar el agua y todo lo que hay alrededor. Siempre nado a braza, te permite nadar más despacio, concentrarte en el azul del agua, en su superficie rompiéndose suavemente a tu paso. Ves al niño llorando envuelto en una toalla, morado como un nazareno y suplicando volver a entrar al agua, a la abuela que nada con gorrito hasta en verano, al adolescente que salpica media piscina fuera. Lo ves y no lo ves, es otra forma de percibir la realidad, lo ves pero no lo observas. Miras el agua, te concentras en el movimiento de tus piernas, de tus brazos.

El corazón late demasiado rápido, dos largos es mucho aún y, sin embargo, no quiero salir.

-Déjame que haga otro largo, se está tan bien aquí…

-Sabes que no debes, lo mejor es que salgas ya.

-Un ancho y salgo.

-De acuerdo, mientras voy a por la toalla. Se ha levantado aire y cuando salgas puede que tengas frío.

Cuando estás fuera, no quieres entrar porque hace frío dentro, pero cuando estás dentro, no quieres salir porque hace frío fuera. Sin embargo, no es el frío real lo que nos asusta, sino el miedo al frío.

clip_image001

Había pasado un mes desde el inicio del curso y el otoño se imponía con fuerza.-¿Sabes, hijo? Creo que este año van a a salir un montón de setas.clip_image001 clip_image001 clip_image001-¿Por qué mamá?-Lleva una semana lloviendo bastante, y eso les gusta a las setas.

                                        clip_image002

Era verdad. El niño se fijó en la acera llena de charcos. Le gustaba chapotear en ellos, como a cualquier niño, así que eligió el más grande de la acera, justo delante del portal de casa y se lanzó corriendo hacia él.Ya estaba a punto de lanzarse dentro con un salto cuando vió algo en el agua. Frenó en seco y se acuclilló, observando la superficie de agua sucia con atención.-¡Mamá, mamá, ven!Gritó sin moverse lo más mínimo.-¿Qué quieres hijo?La madre se acercaba lentamente, su voluminoso embarazo y la cargada mochila del niño le pesaban más de lo que ella quisiera.-A ver, qué te pasa. ¡Anda! Pues es verdad, ¡son renacuajos!clip_image001       -¿Renacuajos?clip_image001 clip_image001 clip_image001 -¡Sí, renacuajos azules!La madre estaba atónita, ¿cómo podía haber renacuajos en un charco que se había formado como mucho hacía una semana? ¡Y además azules! Nunca había visto renacuajos semejantes.-Se me ocurre una idea hijo, ¿qué te parece si subimos a casa, cogemos un tarro y bajamos a por un renacuajo o dos? Así podrá verlos papá cuando venga de trabajar.Eso hicieron. Aprovechando un tupper grande improvisaron una charca y después de comer, los dos se pusieron delante de la pantalla del ordenador, buscando cualquier información que les pudiera indicar qué tipo de rana tenía unos renacuajos azules y qué les gustaba comer.clip_image001 clip_image001 clip_image001 clip_image001

Etiquetas: , ,

 

 

 

Sonó el despertador, eran las cuatro de la mañana y todavía no había amanecido. Ella aún estaría dormida.

clip_image001

 

Después de ducharse se tomó el café con magdalenas y salió a la calle. Le gustaban las magdalenas de su madre, atenta hasta al más mínimo detalle. Siempre les ponía algo especial. Esta vez eran de cerezas.

 clip_image001 http://www.etsy.com/listing/51062595/cup-cake-lovers-dream?ref=cat3_gallery_23

A los diez minutos apareció la destartalada furgoneta, con otros cuatro jornaleros dentro. Se montó en el asiento delantero, camino del campo. Empezaba a amanecer. Ella estaría despertando, se ducharía y se iría a trabajar; como todos los días.

El calor apretaba cuando pararon a comer: un cuenco de gazpacho andaluz y seis chuletillas de cordero para cada uno. ¿Qué comería ella, allí, en su remota oficina? No terminaba de entender su trabajo. ¿Qué oficio era áquel, todo el día sentado pulsando teclas en una máquina? Pero estaba claro que era un trabajo importante, más importante que el suyo. Así lo atestiguaban sus vestidos, siempre a la última moda, y su interminable colección de bolsos.

clip_image001 clip_image001 clip_image001clip_image001 clip_image001

clip_image001 clip_image001

 

 

clip_image001 clip_image001 clip_image001

clip_image001 clip_image001 clip_image001

Apuraba el plato de fruta cuando todos se levantaban.

clip_image001

Vuelta a la faena: cortar racimos, echarlos al cesto y luego al contenedor, una vez y otra vez. Al final se creaba un ritmo, una especie de melodía que invadía el cuerpo dando ánimo a los doloridos músculos en la espalda y liberando la mente.

clip_image001

Era tarde cuando cerró la puerta de la furgoneta y entró en la casa. Estaba cansado, muy cansado, pero sabía que todavía no había acabado el día para él. Subió y se volvió a duchar, una ducha rápida, no había tiempo para más; lo justo para que no se notara demasiado la dureza del trabajo en su expresión. Había observado que ella solía vestir de blanco, así que eligió ese color y apretó el paso hacia la estación. Era un trayecto largo en autobús, pero le llevaría hasta ella.

clip_image001

Confiaba en poder verla allí en la plaza, junto a su grupo de amigas, tomando el último refresco antes de volver a c asa. Lo único cierto era que le gustaban las manzanas. Siempre tomaba zumo de manzana en vaso y con pajita. ¿Qué vestido llevaría? ¿Se fijaría en él esta vez?

clip_image001

Miró por la ventana un momento mientras sacaba la maleta del altillo. El sol desnudo lo desbordaba todo, tiñéndolo de un calor insoportable.

clip_image001

¡Uf, cómo costaba sacar la maleta del altillo! Era un maleta grande, negra, pasada de moda. Era su maleta preferida, regalo de su padre, con sus rasguños y sus pegatinas. La maleta de alguien que había viajado mucho y sabía cómo hacerla resaltar en la cinta de equipajes. Inconfundible.

clip_image001

Por fin la sacó del armario, como pudo la dejó caer sobre la cama y bajó de la silla. Era el momento de llenarla, meter todo el año en ella. Sacó la ropa del armario y con cuidado la plegó, haciendo montoncitos: los vestidos, las faldas, las camisetas, la ropa interior…

clip_image001 clip_image001 clip_image001 clip_image001 clip_image001

La música fugaz de un coche que paraba en el semáforo de la esquina la hizo volver a mirar por la ventana. Era un descapotable con cuatro jóvenes con ganas de ser mirados o admirados. Volvió a su tarea. Entre los montoncitos de ropa fue acoplando las sorpresas. Durante todo el año había estado pensando mil cosas para cada uno, pequeñas formas de decirles lo mucho que se acordaba de ellos, pequeñas formas de intentar arrancarles una sonrisa.

clip_image001   clip_image001 clip_image001clip_image001 clip_image001

clip_image001

Gotas de sudor perlaban su frente luchando por irritar sus ojos mientras cerraba la maleta. Anochecía cuando, al enésimo intento, la cerró. Suspiró aliviada y bajó al restaurante a cenar.

clip_image001

Cuando volvió a la habitación una sonrisa se dibujaba en su rostro. Sería la última vez que dormiría en aquella cama de hotel, que se lavaría en aquel lavabo de hotel. Al día siguiente, por fin, volvía a casa.

El limonero llevaba plantado un año. Era un árbol pequeño, de hojas grandes. Su situación en el jardín era privilegiada, con mucho sol. Se le podía ver desde todas las ventanas de la casa.

             clip_image001   clip_image001[5]  clip_image001[7]  

– ¿Y cuándo tendremos limones, mamá?

– Pues la verdad hijo, es que no lo sé; quizá en primavera.

La primavera llegó y pasó. El limonero extendía sus ramas e infinidad de brotes asomaban por las puntas de sus ramas.

– ¿Eso son capullos de flores, mamá?

– Mmmmhh, me parece que son nuevas hojas hijo, ya veremos.

El verano llegó y pasó. El limonero seguía guardando sus secretos.

– Mamá, ¿por qué tiene las hojas tan amarillas?

– Creo que al limonero no le gusta este frío. Llama a papá que nos ayude a arroparle.

El otoño llegó y pasó el invierno.

El niño crecía y crecía, pero el limonero le parecía siempre un poco más alto que él. Hasta que el niño creció tanto que ya no le importó quién era el más alto. Ese año aprendió cómo abonarlo, cuánto regarlo, qué ramas podar.

                 image      image       

Al cabo del tiempo pusieron un columpio en una de sus ramas. Más tarde al columpio le sustituyó una hamaca, y por último un par de sillas sustituyeron a la hamaca.

     clip_image001[9]          clip_image001[11]          

– Papá, ¿por qué plantasteis un limonero?

– Hijo, ya sabes que la abuela era de Valencia. Lo plantamos para que le recordara un poco a su infancia, al huerto de su padre.

El limonero de grandes hojas verdes todavía no ha florecido.

                                      clip_image001[13]                                 

Etiquetas: , , ,

Diario de Naii

Just another WordPress.com site

Laino danen gainetik

Just another WordPress.com site

AMPA CEIP Nuestra Sra. del Val

Just another WordPress.com site

Blog - Emma Welford Designs

Just another WordPress.com site

Pom Pom Quarterly

Just another WordPress.com site

SEOANETEXTIL

Just another WordPress.com site

Oliver + S

The Oliver + S blog provides tips, tutorials, and inspiration to make sewing with Oliver + S patterns more pleasurable and rewarding.

Palindrome Dry Goods

Just another WordPress.com site

cosiendo y aprendiendo

Just another WordPress.com site

Pauline Alice

Just another WordPress.com site

Think Twice

Just another WordPress.com site

Hebra de Lana

Just another WordPress.com site

DEDAL, AGUJA E HILO

Just another WordPress.com site

El atelier de Tejidos & Telas

Just another WordPress.com site

The Ganchillo Natural Revolution

Just another WordPress.com site

Sew Mama Sew

Just another WordPress.com site

Look At What I Made

Crochet: If it can be made with these two hands...

Gallimelmas e Imaginancias

Just another WordPress.com site

Marly Bird

Yarn Thing Podcast Host & Crochet and Knitwear Designer

makery

random acts of creativity

lisallu

Just another WordPress.com site